Estabular las fiestas
Ya nada es lo que era. Cambian los hábitos, las costumbres, las tradiciones y todo se uniformiza. Y es que la "Globalización" ineludiblemente nos atrapa, sobre todo en sus aspectos más negativos. El folklore y las tradiciones que formaban el bagaje cultural de los pueblos, nos ayudaban a conocer su pequeña historia, enriqueciéndonos la vida a la vez que ofrecían al futuro nuestra herencia. Esta historia minúscula, la que generalmente no encuentra sitio en los libros, aquélla que los pueblos conservaban, es la que se nutría y mantenían las sucesivas generaciones de padre e hijos. Por eso, las tradiciones, especialmente las locales, son las que mejor retienen la singularidad comunitaria frente al avance de la globalización; solamente preservándolas podremos preservar nuestro sentido de la identidad y enfrentarnos a la alienación social que tratan de imponernos. Pero no solo por ello pensemos que las tradiciones son siempre positivas, algunas son una rémora para el progreso social que habría de eliminar.
El transcurrir del tiempo, juez inapelable, nos muestra como algunas de esas tradiciones y costumbres han ido desapareciendo; otras, siguiendo el calendario, han vuelto a practicarse en alguna ocasión. Pero es, sin embargo, en las fiestas locales, donde encontramos un verdadero arraigo popular y un bagaje importante de costumbres y tradiciones asociadas, que hasta la fecha, mal que bien, se han ido conservando. Es notorio que el animado ambiente de las calles en los pueblos se intensifica en verano con las distintas celebraciones patronales. ¿Quién, en Villarluengo, no ha conocido aquellas evocadoras verbenas al aite libre en las apacibles noches de estío? ¿Quién no recuerda agradablemente ese ambiente encantador en el que uno respiraba la suave brisa de la noche y se recreaba admirando el tapiz celeste de la vía láctea, teniendo como fondo sonoro el son de las melodías de los grupos musicales? ¿O ese trasiego de ir y venir a los distintos bares, en los que entre animada charla se daba buena cuenta de sendos bocatas y tapas que sabían a gloria, sobre todo a altas horas de la madrugada?
En fin, la fiesta era popular, se daba en el pueblo por el pueblo, aunque algunos vecinos se fastidiaran. Total eran cuatro días. Las gentes acudían a la Plaza, bien a bailar, bien a dotorear; y hasta peñas o grupos de amigos ofrecían amablemente sus deliciosas sangrías y kaipiriñas. Las salidas a lo que fuera el Pasinán eran de obligado recorrido en esas noches de novilunio por finales de agosto. Tanto en la Plaza Cstel, como posteriormente en el patio de las escuelas, siempre que el tiempo lo permitiera, evidentemente, las noches de verbena eran mucho más agradables. En fin, no se si movido por el resorte de la nostalgia, estoy de algún modo reivindicando que cualquier tiempo pasado fue mejor, aunque realmente no lo crea.
Hoy en día la fiesta se concentra en la llamada "nave multiusos", que al parecer se ha estandarizado y difundido en muchos pueblos de la comarca. Dicha nave se asemeja a un gran establo y que a mi modo de ver es una manera de "estabular" las fiestas, quitándoles ese regusto popular que antaño tenían. Por otra parte, soy consciente de ello, hay que considerar las ventajas e inconvenientes que presenta esta nave. Desde luego, que si ha de dedicarse fundamentalmente, como así parece, a los bailes y actuaciones de grupos musicales, debería hacerse un esfuerzo por mejorar la acústica del local mediante la colocación estratégica de paneles fónicos, pues la sonoridad es tan estridente y aberrante, que impide la más mínima comunicacion entre los asistentes. La ventilación sería otro aspecto a mejorar, tanto por el calor como por la extracción de humos; aunque no se muy bien si se acatará la nueva legislación sobre el tabaco. Entiendo que para los organizadores de la fiesta la comodidad es mayor en cuanto a la infraestructura de la barra del bar y cocina, montaje del espectáculo, etc. No obstante creo que debería hacerse un esfuerzo por intentar cambiar el esquema de las fiestas, tratando de recuperar en lo posible algo del pasado, que al menos a mí se me antoja más popular y tradicional, y sólo utilizar la nave en lo estrictamente necesario o cuando el tiempo impida las celebraciones verbeneras al aire libre.
Por actitudes y comentarios deduzco, que a la mayoría de los jóvenes sólo les interesan de las fiestas del pueblo, su aspecto lúdico-marchoso-nocturno. Es decir, la semana de fiestas se reduce para ellos, si no fuera por los toros, a "quemar" la noche, con música a tope y bien regada con litronas y cubatas, sin importarles especialmente el momento no el lugar. La juventud no está por asumir el relevo de la tradición, pues prefiere confinarse en la ciudad y compartir un consumismo irracional e irreflexivo. Paso ya de largo la cincuentena y observo que poco a poco me voy convirtiendo en un "recordador" que vive de la memoria. Pero la memoria, ya se sabe, es especialmente selectiva, tanto para los buenos como para los malos recuerdos; fundamentalmente se alimenta de la experiencia de la realidad vivida, que pese a todo es intransferible. Por eso, cuando tengo el impulso de rechazar las formas de diversión y modos de vida actuales de la juventud, me impongo recordar que treinta o treinta y cinco años atrás a mí generación se nos criticaba igualmente por motivos parecidos. Nos gustaba la música rock, su estética y todo lo que ello conllevaba de cierta rebeldía y aires de libertad. Al menos eso nos parecía. Escuchábamos las canciones de los Beatles, Rollings, Led Zeppelin, etc., incluso sin saber realmente de que hablaban. Cierto, pero en realidad, no nos importaba demasiado lo que decían sus letras, porque sabíamos, eso sí, que se dirigían a nosotros y captábamos su mensaje, su sentido y repetíamos "all you need is love"...
Pese a todo, al hacer balance, no me queda más remedio que sentir un poco de pena por esta generación, con tantos medios a su alcance y acceso a tanta información, que está creando sus futuras nostalgias con las canciones de "El canto del Loco" y los videoclips de Shakira..., por nombrar algunos; Nosotros, a la vez que la música, también estabámos imbuidos por el espíritu iconoclasta y rebelde que debe de caracterizar a los jóvenes y nos movilizamos en el intento de crear un mundo nuevo y mejor; aunque, admitámoslo, finalmente todo quedó en agua de borrajas... Por tanto, no es que me vanaglorie de mi generación, que lamentablemente considero fracasada en sus objetivos; sin embargo, creo que en general nos queda algo de esa rebeldía y el optimismo de ver la determinación con la que se luchó y el manido recurso de aprender de nuestros errores. Es evidente que gran parte de la juventud actual no está por la labor de luchar por un ideal y al parecer no acaban de entender el valor de preservar y recuperar el pasado, como forma de mantener la identidad como personas y como pueblo. Admitámoslo, sin reflexión analítica y crítica no podremos enriquecer el debate identitario, ni oponernosa dejarnos manejar como rebaños de consumidores, que se comportan de idéntica manera en cualquier lugar del planeta. Y al final ya se sabe, los rebaños acaban siendo estabulados. A pesar de todo, por mi parte !!Que siga la fiesta!!