Lunes, Septiembre 06, 2010
   
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Nostalgia placentera

A medida que los años pasan, cuando estás ya en la segunda parte del partido de tu vida, quieres seguir jugando y por supuesto, con la sabiduría de la madurez, te gustaría jugar bien, disfrutar y ganar.

Quizás lo último, lo de ganar, te importe menos, porque en la balanza pesa más el jugar bien y el disfrutar.

A pesar de las dificultades que has podido encontrar, pienso que haber entrado en el banquete de la vida es una gran suerte. La vida es un camino compartido con mucha gente en el que la mayoría de las veces has aprendido algo. ¡Hay lecciones imposibles de olvidar y de pagar! No tienen ni tendrán precio. Junto con el aprender esta el enseñar. Es algo mutuo. Yo diría que el enseñar te produce mayor placer. Es dar algo de lo que has asimilado, de lo que ha cuajado en tí, de aquello que has aprendido y más quieres y te gusta compartir. A veces el enseñar cuesta un poco porque no te colocas en el sitio del otro sino en el tuyo. Y enseñar es encontar el camino para transmitir aquello que crees que es así, de manera que el otro lo entienda, lo cuestiones si es necesario y lo lleve a la práctica si esta convencido de ello.

En mi corazón hay una acumulación de agradables sentimientos, de nostalgias placenteras, cuando pienso en mi infancia. Y pensar en la infancia es hacerlo sin olvidar a las personas que te rodearon, a los hechos que viviste, a la naturaleza que te envolvió y que contribuyó también a ser tu mismo. La familia, tu familia, es lo primero que te viene a la mente.

La familia que dentro de sus limitaciones, más grandes o más pequeñas, siempre te quiso, te educó y guió de la mejor manera que pudo hacerlo. Y tus seres queridos, vivos todavía o ya desaparecidos siguen en tu corazón y desde allí, donde se amalgama todo, brota un sentimiento de agradecimiento, amor y paz.

Hay cantidad de personajes, de tu pueblo, de tu infancia que han marcado hitos de referencia en nuestras vidas, en mi vida concretamente. No me gustaría olvidarme de nadie, por esa razón no nombro a nadie y a todos ellos les quisiera mostrar mi agradecimiento por lo mucho que me han enseñado, por la cantidad de cariño que ciertamente pusieron el cuadro multicolor de mi vida. Quizás algín día, escriba en honor a ellos algún libro bien documentado, en el que el título podría ser: "Los de mi pueblo eran gentes formidables" ¡Creánme que lo siento así!.

Existe en nuestro pueblo una naturaleza en la que lo grandioso y lo misterioso se mezclan. Hay una sinfonía de agua, rocas, pinos, barrancos, cielos nublos y despejados, noches estrelladas, quietud, silencio. Y todo esto también influye en la manera de ser y de sentirnos.

¿Me creerían si les digo que mientras escribo este artículo pequeño, en un día de Julio caluroso, en un despacho de mi escuela de Sant Cugat, me siento feliz, siento una paz interior enorme, estoy contento de ser de Villarluengo?

Sí, así es. Estoy contento de ser de Villarluengo.

Aviso

Importante: La revista "La Murada" no comparte necesariamente las opiniones expresadas por los autores de los artículos firmados o de las personas entrevistadas en las ediciones de nuestra revista.

 

 

 


 

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