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El secreto del Maestrazgo
El secreto del Maestrazgo

Aquél fin de semana, para salir de la monotonía del trabajo diario y teniendo en cuenta que la estancia en Barcelona se acababa, decidí hacer cualquier cosa diferente de lo que hacia normalmente los fines de semana. Mi vida transcurría entre mi casa y la biblioteca donde por encargo del obispado estaba traduciendo del latín unos libros muy antiguos que se habían encontrado recientemente.
Nací en Alemania y desde siempre he tenido una gran facilidad para los idiomas y sobretodo para las lenguas derivadas del latín, ya que toda mi educación la recibí enuna escuela católica donde el latín era la lengua principal, dominando también el italiano, el castellano y por descontado el inglés. Eso hizo que mi carrera profesional se orientara a la traducción.
Casualmente me enteré que el Vaticano concedía unas becas para colaborar en la traducción de unos libros encontrados mientras se hacía la reforma de unas dependencias anexas a la Capilla Sixtina y después de diferentes entrevistas con los responsables fui finalmente aceptado. Aquél encargo representó para mí una gran reto y después de muchas horas de dedicación y tiempo sin dormir di por finalizada la traducción. Los responsables se debieron quedar muy satisfechos de mi trabajo ya que inmediatamente me propusieron desplazarme a Barcelona con el objetivo de traducir al castellano unos libros que también casualmente se habían encontrado cuando se hizo unas reformas en la Catedral, y sin darme cuenta me encontré residiendo en esta maravillosa ciudad que tengo que reconocer solo conocía por los Juegos Olímpicos de 1992.
Conmigo colaboraba un sacerdote que había estado destinado a la iglesia de un pequeño pueblo situado en la comarca del maestrazgo enla provinica de Teruel, donde se establecieron los Templarios y continuamente me explicaba las maravillas y misteiros que rodeaban aquellas montañas.
Decidido a seguir sus consejos, finalmente a primera hora de la mañana cogí el coche que había alquilado y me dirigí hacia esas tierras. El día era magnífico y el sol lucía con todo su esplendor. Pasadas unas cuantas horas de viajes y unos cuantos kilómetros enfilé por una carretera estrecha y con muchas curvas. El sol de la tarde se retiraba poco a poco y el cielo se cubría con unas nubes muy negras que amenazaban lluvia y eso hacía que tuviese que tener más atención a la carretera, cuando de golpe un fuerte ruido llamó mi atención y con gran sorpresa el coche se paró. Bajé del coche y abrí el capó para intentar averiguar el problema del motor pero mis conocimientos de mecánica eran tan limitados por no decir nulos que no fui capaz de encontrar la avería, y como por allí no se veía a nadie a quien pedir ayuda inmediata, hice una llamada al servicio de emergencia, pero para mi desesperación me informaron que no podían enviarme inmediatamente ningún mecánico para solucionar la avería hasta la mañana siguiente. En aquél momento tenía dos opciones: o bien quedarme a pasar la noche dentro del coche, pero no llevaba nada para comer ni beber o la segunda era continuar andando a ver si encontraba el pueblo. Finalmente opté por la segunda opción.
Cuando ya llevaba unos cuarenta y cinco minutos caminando y la desesperación se apoderaba de mí, observé en la lejanía un pequeño grupo de personas que llevaban unas grandes velas en la mano. Aceleré el paso con el anímo de acercarme y pedir ayuda, pero tal y como me acercaba pude observar con mayor claridad el grupo y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo ya que lo que veía no me transmitía ninguna tranquilidad: se trataba de siete personas caminando uno detrás de otro, vestidos con una especie de hábito de color oscuro, la cabeza cubierta con una gran capucha y repetían monótonamente unos cantos que recitaba el que parecía ser el lider del grupo. Delante de lo que estaba viendo no me atreví a acercarme al grupo y decidí seguirlos. Esta especie de procesión continuó hasta llegar a una pequeña iglesia que estaba toda iluminada con velas y llena de gente que los esperaba repitiendo los mismo cantos. Mi curiosidad iba aumentando y decidí llegar hasta el final para descubrir que estaba sucediendo, di la vuelta a la iglesia y vi otra puerta que comunicaba con la sacristía. Una vez dentro, observé que de la pared colgaban varios hábitos como los que llevaban toda la gente. Sin pensármelo dos veces, me vestí con uno de aquellos hábitos y me mezclé con la multitud. Una vez terminados los cánticos se produjo un gran silencio y el que parecía ser el lider inició un discurso recordando los motivos por los cuales estaban allí reunidos: parece ser hace cientos de años una gran sequía castigó la zona y el pueblo decidió hacer una peregrinación hasta Roma para pedir ayuda al Sato Padre para que la lluvia volviese a caer, escogiendo a los primogénitos de las siete familias nobles del pueblo. Después de mucho sufrimiento llegaron a Roma y fueron recibidos por el Papa que los esuchó, ayudó y les entregó una reliquia de la Santa Cruz para que volviesen en peregrinación hasta el pueblo. Para custodiar la preciada pieza y poder devolverla a Roma una vez conseguido el objetivo, les acompañaría un joven estudiante alemán de toda confianza del Santo Padre. Al día siguiente iniciaron el viaje de vuelta los ocho jóvenes, repitiéndose los problemas de la ida pero muy contentos y con muchas ganas de llegar, ya que confiaban plenamente que la reliquia que llevaban ayudaría a finalizar la larga sequía. Cuando ya se acercaban al pueblo y podían ver la torre de la iglesia comenzó una gran tormenta y cuando el grupo llegó al pueblo dieron cuenta que el joven había desaparecido. Comunicada la triste noticia al Vaticano recibieron instrucciones para construir una ermita en el lugar donde se había perdido el joven y formasen una cofradía para custodiar la reliquia y que tuvieran fe ya que tarde o temprano el joven estudiante volvería para recuperarla y devolverla a su origen. Finalizada la explicación, el lider del grupo abrió un pequeño cofre que contenía la citada pieza y dirigiéndose hacia el rincón donde me encontraba me entregó la reliquia y explicó a los presentes que finalmente la persona tan esperada había vuelto. Con un gran miedo en el cuerpo salí corriendo de la iglesia con el cofre en la mano y al volver la vista atrás observé con gran angustia que la iglesia estaba totalmente vacía y los siete hábitos estaban tendidos en el suelo. Comencé a correr en dirección donde había dejado el coche estropeado y cuando llegué, debido al cansancio, me quedé profundamente dormido.
A la mañana siguiente unos golpes en el cristal me despertaron; era el esperado mecánico que venía a resolver la avería e incomprensiblemente, el coche funcionaba perfectamente y el mecánico me dijo que no veía que el motor tuviese ningún problema. Yo le expliqué lo que me había sucedido la noche anterior y con gran sorpresa, me explicó que en los alrededores no habia ninguna ermita ni ningún pueblo habitado ya que, el pueblo más próximo hacia muchos años que sus habitantes habían desaparecido. La respuesta del mecánico me dejó muy sorprendido porque yo estaba totalmente seguro que aquello que me había sucedido era totalmente cierto y que no era fruto de una pesadilla, pero no quise insistir por miedo a que me tomase por un loco, y viendo que el coche realmente funcionaba correctamente, me despedí de él detectando una sonrisa maliciosa cuando me recomendó que intentara olvidar toda aquella historia.
Cuando ya me disponía a iniciar la vuelta, me giré hacia la parte de atrás del coche para comprobar que todo estaba correcto, cuando mis ojos se fijaron en un objeto que estaba encima de los asientos traseros, y me quedé helado ya que se trataba de la caja que contenía la reliquia sagrada y recordé que la descripción del peregrino coincidía totalmente conmigo, y entonces entendí que el destino había puesto en mis manos la devolución del objeto sagrado al Vaticano, su auténtico propietario.
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