Temas
Relatos
La distancia
La distancia
Nos ponemos al volante y nos dejamos deslizar suavemente sobre el paisaje tantas veces recorrido. Se nos escapa una sonrisa ante el árbol que nos gusta ver, cada vez con mayor deseo. Atravesamos pueblos conocidos, que con cierta complicidad en la mirada, dejamos atrás, en ese ritual que acaba siendo una ofrenda al placer de "volver a ver" y entonces, justo en ese instante, empezamos a saborear cada metro...
No. Ya no es el ocio -como al principio- lo que nos trae aquí.
Nos ponemos al volante y nos dejamos deslizar suavemente sobre el paisaje tantas veces recorrido. Se nos escapa una sonrisa ante el árbol que nos gusta ver, cada vez con mayor deseo.
Atravesamos pueblos conocidos, que con cierta complicidad en la mirada, dejamos atrás, en ese ritual que acaba siendo una ofrenda al placer de "volver a ver" y entonces, justo en ese instante, empezamos a saborear cada metro, cada kilómetro de asfalto, cada giro, cada insignificante novedad en el trayecto, como si de jugar a los siete errores se tratase:
¡La curva es más ancha...!
¡Han arreglado ese tramo...!
¡Aquello no estaba la última vez...!
Una sinfonía de colores en movimiento ante nuestra vista.
Una armonía sutil.
Un malabarismo controlado de las formas.
Un baile de disfraces sin disfraces.
Todo tan distinto al a primera vez.
De aquella época casi exigua en la memoria, rescato una nota que escribí y que ahora encuentro, entre las viejas páginas de un libro que leía entonces. Eran posiblemente los primeros síntomas que siente aquél que empieza a amar un lugar, no pudiendo permanecer en él siempre.
La nota decía:
"A veces, me invade la tristeza al caerme la distancia
sobre el rostro como lluvia dolorosa
Diluyendo imparable y cruelmente el paisaje
antes
admirado...
Ablandando la intensa solidez de las montañas...
Acelerando en la memoria el suave fluir de las aguas...
y me parece como si dejara de existir lo que no veo.
Pero la verdad y la realidad, prevalecen por encima del tiempo y el espacio..."
Surge aún en mi recuerdo una línea divisoria donde subyace así mismo una frontera. Una aduana obligada deonde mostrar aquel baul-equipaje repleto de realidad cotidiana. De inmediatez y de costrumbre. De hábito tangible y de sosiego imaginado.
Aquella carga de ansiedad y a la vez de "paz" ultrajada por la vertiginosa inercia del tiempo que todas sufrimos.
Nos miramos al espejo de la distancia todos los que venimos, ya no como viajeros de paso. Esos desconocidos que con los ojos algo más abiertos de lo normal, recorren durante media hora algunas calles, se asoman -no sin asombro- al "balcón de los forasteros" y experimentan de inmediato el sortilegio de la soledad ansiada al entrar en la iglesia...
Después el ruido de algún motor los aleja -quizá para siempre- de nuestras montañas, nuestras aves en el cielo, nuestros ríos y fuentes, nuestros inviernos, nuestros atardeceres, nuestros amigos, nuestros silencios. Sí, también nuestros silencios...
Desconociendo todo lo que no alcanza a ver el visitante fortuito.
Pero a nosotros, ya no nos trae el ocio, sino el amor, el deseo, el compromiso. Esos ingredientes que precisamos para combatir el mágico embrujo de la distancia. bía puesto en mis manos la devolución del objeto sagrado al Vaticano, su auténtico propietario.
Quién esta en línea
Artículo Aleatorio
- Villarluengo no es solo una bonita foto
- Nuestra Toponimia
- Quienes Somos
- Estabular las fiestas
- Edición Impresa
- Edición Online
- Sumario 2008
- El Proyecto
- Villarluengo se pone guapo
- Vacaciones en Villarluengo
- Nuestra Comarca desde otro punto de vista
- Desarrollar la vida, sostener la vida
- Nostalgia placentera
- Savia nueva
- Un documento de 1176
- Crónica del Año
- Pasos adelante
- Las fiestas: tradición o cambio
- Editorial 1997
- Desde el Ayuntamiento




