Villarluengo no es solo una bonita foto
Una de las primeras actividades de los que llegan al pueblo después de algunos meses sin poder acercarse es darse una "vueltecita" y comprobar los cambios que se han producido en su ausencia.
Podemos encontrar mejoras evidentes en aspectos físicos: se continúan mejorando los equipamientos del pueblo y la gente continua arreglando y restaurando sus casas. Las mejoras que ya podemos disfrutar, como la urbanización de la Era del Castillo o de la calle de la Fuente, la construcción de un nuevo edificio destinado a acoger, con las debidas condiciones, los servicios asistenciales, la mejora del alumbrado público, la urbanización de la zona del Pasinan y aquellas que solo hemos podido disfrutar levemente, como las magníficas piscinas, hacen que el balance de nuestra "vueltecita" sea claramente favorable. Seguramente cada una de estas mejoras podría haberse realizado de manera diferente; tantas como personas se planteen la cuestión. Lo que es incuestionable es que de un tiempo a esta parte no se ha vuelto a repetir esa tendencia natural tan nuestra al victimismo y la pasividad. Por el contrario se ha pasado a la acción y se trabaja en invertir el proceso de deterioro que parecía inalterable.
Sin embargo sería un error pensar que estos avances en las mejoras de viviendas e infraestructuras, aún siendo muy importantes, son la única solución al progreso de nuestro pueblo. Porque cuando en esa "vueltecita" ves las flamantes fachadas o visitas los nuevos equipamientos ¿Qué encuentras? ¿Casas vacías durante once meses al año? ¿Personas mayoras que a pesar de su voluntad no podemos pretender que lideren el futuro del pueblo?. Si los cambios se reducen a los que hemos relatado, no sería de extrañar, si no esta ocurriendo ya, que de aquí a pocos años Villarluengo se convierta en un pueblo para pasar unos días de vacaciones y en un retiro tranquilo para los mayores.
Si no queremos quedarnos en la superficie debemos pretender que se acometan cambios más estructurales, que den vida y futuro a ese pueblo de postal que acabaremos teniendo. Y esos cambios suponen, sobre todo, modificar nuestras actividades e intereses a corto plazo. ¿Como nos imaginamos el pueblo en el año 2025? De acuerdo con lo que queramos que sea entonces debemos de actuar hoy. De los que hoy viven en él ¿cuantos habrá entonces?. De los que hoy acuden treinta días al año ¿cuantos seguirán viniendo?.
Parece entonces que la clave está en cuidar a las personas sin descuidar aspectos materiales. Y cuidar a las personas supone poner delante a nuestros vecinos y visitantes que a conseguir el propio beneficio. Hemos de mimar, sin dudarlo, a los nuestros pero con los que somos hoy no llegaremos muy lejos; hemos de mejorar en capacidad de acogida, de integración y facilitar que los que tengan intención de acudir se sientan parte de un proyecto, si lo desean.
Trece años de revista han dado para trece editoriales donde hemos contemplado las bondades y maravillas de nuestro pueblo y sus magníficos habitantes y visitantes. Puede ser que haya llegado la hora de hacer autocrítica y plantearnos preguntas que nos muestren nuestra realidad. Solo siendo realistas en el diagnóstico podremos avanzar en la mejora real que nos lleve más allá de una bonita foto desde San Bartolomé.