Lunes, Septiembre 06, 2010
   
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El bosque encantado

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“El misterio no es explicable por medio de ningún discurso lógico. Pues la razón teme aquello que no pueda ser pensado o explicado, para que nazca el misterio debe morir la razón”.

“El misterio no es explicable por medio de ningún discurso lógico. Pues la razón teme aquello que no pueda ser pensado o explicado, para que nazca el misterio debe morir la razón”. En el horizonte, hacia el Este, una tenue luminiscencia verde-azulada difumina y aclara el negro manto de la noche. Aquí y allá el tímido canto del “Herrerillo” rompe el silencio que precede al nuevo día. Una leve brisa se levanta y mece suavemente las aciculadas hojas de la espesa arboleda, como si quisiera despertar a la vida en insensible tránsito hacia el majestuoso reencuentro con la luz. Todo en la naturaleza se prepara como en una maravillosa sinfonía para dar la bienvenida a los refulgentes rayos del astro rey. Amanece... Es la hora mágica en la que el bosque está encantado y todo en él puede suceder...

La Muela Mochén es acogedora, limpia, con suaves ondulaciones y fácil de transitar por sus inmensos pinares; pero cuidado, a la vez es traicionera y en ella es fácil perderse si no se conocen bien sus vericuetos. En este espacio vital, como en tantos otros, en las umbrías y húmedas forestas, pequeños seres, a caballo entre el mundo vegetal y animal, reclaman para sí un reino propio: “El Reino Fungí”. Un reino oculto y misterioso, poblado a su vez de seres fantásticos, seres indefinibles que habitan mundos paralelos al nuestro a caballo entre la realidad y la ficción.

Todos hemos oído contar increíbles historias sobre duendes, gnomos, hadas, ninfas, etc. Son seres de otra dimensión que han prendido en el imaginario colectivo y existe la certeza de que están muy cerca de nosotros; en general son espíritus benéficos que laboran por mantener el orden en la naturaleza. Solo algunos humanos privilegiados los pueden ver, pero también es sabido que podemos contactarlos y visualizarlos a través de ciertas sustancias que su pequeño mundo nos proporciona, solo hace falta creer en ellos, creer en su magia y saber escucharlos a través de la fronda...

Hace no muchos años, me propuse, por motivos que ahora no vienen al caso, realizar una aventura, una incursión a ese mundo fantástico que había llegado a vislumbrar a través de mis lecturas. Quise contactar con ellos, sumergirme en su mundo mágico y descubrir, si me era posible, algunos de sus misterios. Tras la sorprendente e indescriptible experiencia comencé este relato que debía publicarse en la revista “La Murada”, pero nunca llegué a terminarlo. Caí en una profunda depresión y percibí que toda acción era inútil, que todo estaba predeterminado en el desarrollo de los acontecimientos, tanto personales como colectivos. Al poco contraje una grave enfermedad y desde entonces, por una circunstancia u otra nunca más he vuelto al monte en busca de setas... Hoy, repuesto de aquella vivencia, que por otra parte no recomiendo a nadie que no esté realmente preparado, retomo el relato, si bien no en la forma que al principio pensé hacerlo, convencido de que la actitud correcta ante la vida es hacer frente a los hechos y luchar en el terreno del sentido común, donde se desarrolla día a día la batalla por el corazón, la mente y los sueños de las gentes.

Ya hacía tiempo que había oído hablar, de entre las muchas setas con efectos psicoactivos que al parecer existen, de un “hongo mágico” en especial, que servía de vehículo para realizar ese viaje alucinante y transportarnos a su fascinante dimensión, pero aunque desde el principio tenía mis sospechas sobre cual de entre los miles de ellos podría ser, no obstante, debía documentarme bien para asegurarme de su identidad y sus efectos. Rastreando en el conocimiento de la antigüedad comprobé que ya existía la creencia de que había ciertas sustancias reservadas a los Dioses y vedadas a los mortales. Estas creencias se encontraban recogidas tanto en los Himnos Védicos como en las mitologías celta y griega entre otras. Se sabía que las deidades del Olimpo organizaban orgías y festines en los que se servían los llamados “manjares de los dioses” y que entre estos ocupaban un lugar destacado la ambrosía, el néctar o el soma, bebidas destinadas exclusivamente para su uso y disfrute y a las que se rodeaba de toda clase de misterios y efectos mágicos. ¿Qué poderosa sustancia contenían estas bebidas para que fueran tan sagradas y estuviesen vedadas al resto de los mortales? Como siempre, los seres humanos, eternos aspirantes a dioses y buscadores irredentos de la inmortalidad, se saltaron la prohibición y supieron que al tomar esas bebidas podían al menos llegar a ver a esas deidades a las cuales no había otra manera de tener acceso. Por supuesto ahora sabemos que esas sustancias no eran otra cosa que alucinógenos, alcaloides contenidos en algunas especies de plantas u hongos.

El naturalista e historiador romano Plinio el Viejo (s. I. d.C) llama a estos hongos “deorum cibus” (manjar de los dioses), una denominación parecida a la que le daban los griegos. Las palabras néctar y ambrosía significan "inmortal" y tal denominación podría corresponder al jugo del hongo, consumido en las bacanales o festivales dionisíacos. Hoy se sabe que un denominador común que tienen casi todas estas bebidas sagradas es que en su composición interviene un hongo especial del grupo de los agaricales. Y he aquí una de las claves del misterio: Este hongo no es ni más ni menos que la “Amanita muscaria”, seta muy conocida por su relación con los pequeños seres del bosque (enanos, duendes, gnomos...), y que ha sido recogida por la tradición popular en forma de cuentos infantiles, una manera ingeniosa de preservar el conocimiento en el imaginario colectivo. La Amanita muscaria es un hongo que prolifera en bosques de abedules o de pinos negros. Se le ha bautizado con multitud de nombres según las zonas: agárico matamoscas, falsa oronja, oronja maléfica, oropéndola loca..., debido, sobre todo, a la intoxicación que produce su ingesta a causa del alcaloide muscarina, que ocasiona trastornos en el sistema nervioso y digestivo, si no se sabe tomar con las debidas precauciones. De cualquier manera, para entender la importancia mágica de este hongo, hay que decir que ha sido satanizado y revestido de un cierto tabú en muchas culturas.

Bien, pero sigamos con el relato de mi experiencia, la cual estará el lector ávido por conocer. Una vez localizada la esquiva seta el objetivo era claro: tratar de averiguar el poder alucinógeno de estos supuestos hongos mágicos. Pero esto no es todo, sabía y esto era lo que más me interesaba, que según ciertos estudios, ingerir la popular "matamoscas" me aclararía y explicaría ciertos enigmas referidos a la existencia de duendes y gnomos al ponerme en contacto con estas realidades normalmente invisibles. A la hora adecuada y después de preparar convenientemente el carpóforo, al modo como se describía en un viejo tratado del siglo XVIII sobre plantas y hongos que poseía en la biblioteca, ingerí parte de la seta, me tumbe a la sombra de un gran pino y me dispuse a esperar.

Era una mañana tranquila, serena, en la que en sus primeras horas soplaba una brisa agradable que mecía con suavidad las hojas de la umbrosa arboleda e impregnaba el aire de su placentera fragancia. Al poco rato percibí una cierta soñolencia que en principio me pareció que presagiaba una placida siesta, pero sus efectos no tardaron más allá de media hora en manifestarse. Una sensación de ebriedad y euforia me embargó y tanto el ritmo cardiaco como la respiración se me aceleraron notablemente, hasta el punto de sentir cierto temor. De pronto el entorno se llenó de pequeñas chispas luminosas que se movían con una gran agitación y los objetos parecían aumentar de volumen, como si yo empequeñeciera; esto quizás pensé que fuera debido a un efecto fosfénico, es decir, impresiones luminosas producidas en la retina por la ingesta del hongo. Pero seguidamente experimenté una especie de pérdida de conciencia que afectaba a mi sentido espacio-temporal y sentí como como una separación del cuerpo y de la mente, una especie de sinestesia o traslación de tipo sensorial en otro, como una despersonalización y todo a mi alrrededor se torno en una visión onírica que me envolvió en una maravillosa sensación de felicidad. Todo ello me provocaba visiones de seres minúsculos, luminosos y casi etéreos, que hablaban y me ordenaban hacer cosas que en principio no lograba entender... Así fue como me sumergí en un mundo que ni la imaginación más portentosa ni calenturienta sería capaz de imaginar y que sólo atisbamos a conocer a través de las descripciones que en cuentos y relatos nos han legado algunos autores iniciados. No contaré lo que vi, pues nadie me creería, pero de entre las sorprendentes historias que me contaron aquellas menudas y amables criaturas si relataré especialmente una que nos atañe a todos y que quizás sirva, como suele decirse, de aviso para navegantes.

El viejo gnomo, de melena y barbas blancas algo desaliñadas, bigote negro y traje oscuro, era la personificación de la sabiduría y el conocimiento, -debido a que ellos conocen todos los secretos de la tierra y el cosmos-. Me contó una extraña e inquietante historia capaz de suscitar la reflexión de quien quiera escucharla: “Hubo un tiempo, hace muchos miles de años, quizás millones, en que existió un mundo lleno de vida, cercano a la Tierra. Su superficie estaba cubierta de grandes ríos, lagos y mares, y en el resto de las tierras emergidas, inmensos bosques la cubrían en su mayor parte y todo estaba habitado por toda clase de seres que vivían en armonía adaptándose a sus ciclos naturales. Todo esto sucedió así por muchos ciclos hasta la aparición de unas criaturas oportunistas dotadas de cierta inteligencia autónoma. Lamentablemente, la mayoría de ellas estaban tocadas por el mal de la codicia y el egoísmo lo que les llevó a tratar de imitar a los dioses y hasta algunos se creyeron inmortales como ellos. Durante otros muchos ciclos, construyeron y destruyeron incontables e interminables ciudades como poseídos por la maldición de Sísifo. Sus contradicciones eran tales, que eran capaces de las maravillas más increíbles y de las acciones más nobles, pero también, a su vez, de las acciones más atroces y las maldades más abominables, tanto entre ellos como con el resto de criaturas a las que prácticamente exterminaron. Con el devenir de los tiempos se entabló una feroz lucha. Unos se pusieron al lado de la luz, que ilumina y beneficia a todos, y los otros al lado de la oscuridad que ciega el entendimiento y solo beneficia a unos pocos. Finalmente venció el lado oscuro y se impuso la barbarie y se reprodujeron de modo tan incontenible que agotaron los recursos del mundo que les daba cobijo haciéndolo inhabitable. Hoy ese mundo vaga vacío por el gélido espacio, es un planeta muerto...”

Mi curiosidad me llevo a indagar sobre el destino de semejantes criaturas depredadoras que no supieron adaptarse a su mundo, aunque presumiblemente, pensé, habrían provocado su propia destrucción, del mismo modo que un cáncer muere al acabar con el ser vivo al que parásita. Al inquirirle sobre esta cuestión, el viejo gnomo me miró con tristeza. ­- Esas criaturas están aquí – Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y entonces recordé que también en tiempos remotos gran parte de la Tierra estaba cubierta por inmensos bosques y todas sus criaturas vivían en armonía...

Es cierto, quizás, como algunos piensan, todo haya sido producto de un estado alterado de conciencia, de una extraña realidad ensoñada, pero aun así estoy convencido de que las criaturas del bosque existen, que son fuerzas cósmicas representadas por seres que han ido acumulado la sabiduría a través de los tiempos. Son seres concretos, poderosos, benéficos; solo agresivos con aquellos que provocan daño a la naturaleza. Si sabemos escucharlos nos ayudarán a tomar el camino correcto en nuestras decisiones y acciones respecto a la naturaleza. Todos estas pequeñas criaturas sufren enormemente el deterioro del medio ambiente, nosotros mismos, con nuestro irracional comportamiento los estamos ahuyentando; estamos destruyendo su hábitat al esquilmar los montes de setas, su refugio favorito; al devastarlos con incendios provocados, con talas indiscriminadas, etc....

En nuestra lucha por preservar el Medio Ambiente, debemos ser siempre beligerantes con el abuso y la intolerancia en cualquier terreno y circunstancias, el silencio y la pasividad nos hace cómplices. Porque, si bien es cierto que la condición humana es contradictoria en si misma, no siempre el aspecto negativo ha de resultar triunfante. Aunque estamos agotando el tiempo, afortunadamente aun hay esperanza, porque somos muchos los que combatimos al lado oscuro y creemos que otro mundo es posible y necesario. Pero, ¡cuidado! nunca debemos bajar la guardia, el ansia por imitar a los dioses puede convertirse en nuestra más terrible pesadilla. El viejo gnomo me lo advirtió claramente: “Tenedlo por seguro, si acabáis con los bosques, acabareis con la vida y con ella inevitablemente morirá la fantasía...”

Aviso

Importante: La revista "La Murada" no comparte necesariamente las opiniones expresadas por los autores de los artículos firmados o de las personas entrevistadas en las ediciones de nuestra revista.

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